Me agarró
otra vez. La puta madre. Cada vez que lo creo superado, vuelve. Me agarra
desprevenida, me puede. Otra vez la amnesia. Me doy cuenta …cuántos? Cuatro? Cuatro
días más tarde, decís? Y, debe ser. Qué día cayó? Ni idea. Qué hice yo? Ni
idea. Supongo que luchar contra la gravedad inconmensurable de la cama, como de
costumbre.
Estoy
escribiendo esto, porque la versión más sana de mí me dice que escuchó por ahí
que escribir las cosas ayuda. Ponele. Supongo que es mejor que golpear la pared
(eso me dijo un conocido con una mano enyesada), y que gritar hasta que me
vengan a buscar los simpáticos señores de las camisas blancas no es una opción
copada.
Imagen por archanN
La sensación
antinatural es lo más difícil. Supongo que cuando hablan de extremidades
fantasma debe ser así. La pierna ya no la tenés, hace rato que no la tenés,
pero a la mañana no te acordás, y te vas a parar como siempre. Y no. La sentís,
te duele incluso. Pero ahí no está, y punto.
Con el
correr de los días, se intensifica. Eso de que el tiempo todo lo cura son
patrañas asquerosas. De hecho, más tiempo pasa, más bronca te da que no se te
note por ningún lado, salvo en las arrugas poco felices de la cara y en los
aumentos en la boleta del gas. La ausencia sigue ahí, instaladita, chocha y sin
cara de mudarse pronto, como esos parientes lejanos que caen “de visita” y a la
semana te abren la heladera a medianoche, en calzones.
Cuando algo
te sobra, lo tirás, te deshacés de ello. El novio está pesado? Chau, lo hiciste
ex. Al mueble ese que te rompe los meñiques de los pies cada vez que pasas, lo
terminás sacando a la vereda o se lo encajás a alguien, con la excusa de que
tenés poco espacio. Los papeles de la secundaria los quemás, el apéndice te lo
sacás. Y cuando falta? Qué mierda hago si me falta?!
Y no es que
me falte ahora. La verdadera cagada,
la cagada mayor, la reina de las cagadas, es que tengo todo el resto de mi vida
para que me siga faltando. Y no hay
nada, nada en el universo, que vaya a llenar ese hueco.
Podría darme
por las drogas, por las relaciones parásitas (no de nuevo, gritan mis cadáveres desde el placard. No se preocupen, ya no lo hago más,
respondo), por dedicarme a comer chocolates hasta que necesiten instalar una
puerta redonda para que mi pobre humanidad ruede hasta la vereda a ver un poco
de sol, o por volverme La Loca de los Gatos y llenar mi casa con 42 felinos
adorables (esta es la más tentadora). Pero sé que es BIEN al pedo.
La cagada es
la sensación. Como dice Laura Brown sobre el final de The Hours;
“Obviously, you... feel unworthy. Gives you feelings
of unworthiness. You survive and they don't.”
Dicen que la
vida es un regalo. Yo no lo pedí, ninguno lo hizo, pero nos lo fumamos igual.
Loco, la próxima, mínimo le dejan la etiqueta, a ver si consigo que me la
cambien un poco, o me dejen canjear parte por un voucher de regalo para alguien
más.
Las noches
se volvieron mi mayor relación amor-odio. No me quiero ir a dormir. Nunca.
Nunca más. Pero tarde o temprano tengo qué. Y sueño, y no controlo lo que
sueño. Al principio eran puros horrores. Reproducciones HD de las peores cosas
que me tocó ver, y de las que imaginé también. Y en un loop constante. Creí que
así iba a ser toda mi vida, cada vez que cerrara los ojos. Por suerte no (igual
no duró lo que diríamos poco, eh?). Pero dejó lugar a un nuevo tipo de horror.
Cuando duermo, no pasó nada. No cambió nada. No perdí a nadie. Está ahí,
charlamos, le cuento las cosas de ayer. Suena lindo, no? Sí, todo muy lindo, hasta que me despierto. Los primeros
segundos de somnolencia son apenas dispersados por el ruido de la alarma, o por
cualquier otra cosa. Porque sí, parece que las noches de dormir profundo se
terminaron para mí. Después vuelve la conciencia, y no es que me acuerdo de lo
que soñé… me acuerdo que la realidad no
es el sueño. Me acuerdo que tengo que volver a esto. Camarero, otra ronda de sensaciones fantasmas para mí! Se ve
que el saco de pena y huesos que soy merece otra dosis de lo mismo hoy, no sea
cosa que se pueda levantar de la cama como un ser humano normal y tener un sólo
día decente. Y así volvemos al ciclo: no quiero volver a dormir en mi puta
vida.
Les hablé de
la impotencia? No, no?
Cuando a uno
no le paso nada grave (grave grave, choto en serio, no tu uña rota, gorda, ya
te dije que no cuenta), va por la vida con una ligereza que no sabe que tiene.
No digo que la vida sea fácil, porque la mía bien que no lo era antes. Pero se es como el pez, que vive
nadando y no sabe qué es el agua. Hasta que le falta, obvio.
Como dice el
pibe de la banda esta que de golpe se hizo re mainstream, Passenger;
“Well you only need the
light when it's burning low
Only miss the sun when it
starts to snow
Only know you love her when
you let her go
Only know you've been high
when you're feeling low
Only hate the road when
you’re missin' home
Only know you love her when
you let her go
And you let her go
Staring at the bottom of
your glass
Hoping one day you'll make a
dream last
But dreams come slow and
they go so fast
You see her when you close
your eyes
Maybe one day you'll
understand why
Everything you touch surely
dies”
Y sí,
justito así. Salvo que la parte de dejar ir me sale como el culo. Detalles.
Pero yo
hablaba de la impotencia. Esa sensación de que tiene que haber algo en el
universo que hubieras podido hacer para que las cosas fueran diferentes.
Cuando me
pongo lógica, me doy perfecta cuenta. De que no había lo qué, que diferente
bien podía ser peor, que no tenía yo con qué ni lo iba a tener en mil vidas. A
la hora de sentirse impotente, importa un cuerno todo eso. Te sentís miserable
y punto. Querés magia o nada, y magia no hay.
Lo pasas
como el culo. Pero me dirán que no se puede pasarlo como el culo todo el
tiempo. Saben qué? Se puede. En todo caso, de a ratos, uno se olvida un poco de
cuán como el culo está. Jamás como antes, obvio. Ya somos pez fuera del agua, y
no hay con qué darle. Y eso te aleja de los demás. La risa ya es a medias, las
boludeces no te causan como antes, la vida sabe vacía, los colores grises y
otros clichés patéticos para decir lo mismo.
No digo que
la gente (pongamos que existe el colectivo gente,
por un rato, a fines prácticos) sea mal intencionada. Pero más tratan, más la
embarran. Podría escribir un decálogo de fases de mierda que tratan de ser
consuelo o ayuda, y por qué cada una es una palada más de bosta. Aquí sólo un par de ejemplos.
- Está en un lugar mejor…
Que esto es una cagada ya lo noté, pero lugar mejor?
Really? No podés pensar algo más enlatado, más prostituído que esa frase? Qué
consuelo me va a dar a mí, que estoy sufiendo acá? Y si yo no creo en cielos o
infiernos? Eh?? Su lugar era acá, con sus seres queridos. Lo demás es chamuyo,
y sino, ya me enteraré, pero ahora me sirve de nada.
- Es el plan de Dios / ya
habría cumplido su misión en la tierra
Esta es de las peores cagadas que me han dicho. Y me
la repiten seguido, por si las dudas. Pongamos que creo en Dios de la manera
judeocristiana tradicional. Si asumo que Dios es omnipotente y bueno, las
desgracias como estas no existirían (ergo, no es la situación). Si es omnipotente
y justo, es un hijo de puta. Me quedo con justo y bueno, y de omnipotente nada:
él tampoco pudo hacer nada, y siente mi misma impotencia y bronca. De cualquier
otra manera, Dios esta en mi contra y no conmigo y mi dolor. Y de hecho, si es
su puto plan, me tendría que sentir culpable de estar triste. Ja! Alta joda. Dejá,
no me consueles más. Gracias Kushner por hacerme ver por qué esto me jodía
tanto.
- Ya no sufre…
Perdón! No sabía que tenía que sentirme una yegua
porque mi pena sea egoísta y quiera que mis seres queridos vivan en agonía
eternamente. Gracias, me quedo más tranquila ahora. Me voy a flagelar un rato y
vuelvo. O no.
Concluyendo,
cuando alguien sufre, mejor pensar bien qué vamos a decirle o aprendemos a
callarnos la boca. Primero, porque al final sirve que hayan estado ahí, no lo
que hayan dicho. Y segundo, es mejor armarse de paciencia antes que hacer
sentir al otro que su “problemita” tiene “solución” y que mejor se la
encontramos rápido para seguir con todo lo demás, que bien banal le va a
resultar ahora, si te parás un poquitito a pensarlo. Y que encima es un boludo
por sentirse mal.
Ya sé que
estoy parafraseando a otra gente hace rato. A algunos tuve la decencia de
citarlos. A otros los adapté a mi manera. Otra consecuencia poco difundida son
las somatizaciones. Y a veces son menos obvias de lo que creemos.
Yo me siento
sin voz. Es como que se me apagó algo, y no arranca. No es que esté muda.
Hablo, a veces hasta canturreo bajito sin darme cuenta, o me despierta en la
noche alguno de mis propios gritos. Pero no logro hablar con mi voz. No logro decir lo que quiero
decir, con mis propias palabras. Es como uno de esos miedos que atenaza y
paraliza. Yo lo siento en la
garganta, en el pecho, en el alma. Es el miedo a abrir la boca, y no poder
parar, nunca más. A empezar a llorar, y que el resto de mi vida sea sólo
llorar. Es la sensación de desborde total, y si abro la compuerta sólo un
poquito, sale todo, incontrolable, feroz, a llevarse puesto todo de mí. Es una
caja de Pandora que crece y duele, y que me aterra abrir. Psé, re poético. De
poco me sirve.
Así que me
robo voces ajenas. Cuando ya no puedo más, busco una canción, una poesía, una
película que me haga llorar un poco. Y sí, acá hay varias de esas.
Creo que me
voy a ver The Hours otra vez. Siempre funciona.
Les regalo
una frase más, de la pluma de la propia Virginia Woolf, instantes después de
decidir terminar con su vida.
“To look life in the face,
always, to look life in the face and to know it for what it is. At last to know
it, to love it for what it is, and then, to put it away.”
Así que
supongo que es esto. Que la vida es esto, y antes, en mi ignorancia de pez, no
lo sabía. Ojalá sean ignorantes todas sus vidas.
Y si no, no
están solos.
No hagamos
la de Virginia. Matarse es cobarde, y es esparcir esta sensación asquerosa como
una enfermedad, contagiando a todos los que dejamos atrás.
Es esto. La
vida es esto. Es lo que nos pasa entre medio de esto, es esos ratos en que nos
olvidamos de esto. Es esa gente que pese a todo nos saca una sonrisa. Es la
esperanza de que cada vez nos olvidemos de la ausencia (nunca del ausente) un
rato más que el anterior, y algún día, los ratos lindos duren más que estos. Es
valorar la vida por lo que es, aceptarla por lo que es, conocerla, afrontarla,
y después… hacerla a un lado.
Ojalá la próxima amnesia, por el aniversario de ese día de mierda, me caiga mejor la próxima vez.
Y me acordé de este video, para que sufran conmigo.
Y me acordé de este video, para que sufran conmigo.




