Anger management: Catarsis pura.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Me agarró otra vez. La puta madre. Cada vez que lo creo superado, vuelve. Me agarra desprevenida, me puede. Otra vez la amnesia. Me doy cuenta …cuántos? Cuatro? Cuatro días más tarde, decís? Y, debe ser. Qué día cayó? Ni idea. Qué hice yo? Ni idea. Supongo que luchar contra la gravedad inconmensurable de la cama, como de costumbre.
Estoy escribiendo esto, porque la versión más sana de mí me dice que escuchó por ahí que escribir las cosas ayuda. Ponele. Supongo que es mejor que golpear la pared (eso me dijo un conocido con una mano enyesada), y que gritar hasta que me vengan a buscar los simpáticos señores de las camisas blancas no es una opción copada.

Imagen por archanN

La sensación antinatural es lo más difícil. Supongo que cuando hablan de extremidades fantasma debe ser así. La pierna ya no la tenés, hace rato que no la tenés, pero a la mañana no te acordás, y te vas a parar como siempre. Y no. La sentís, te duele incluso. Pero ahí no está, y punto.
Con el correr de los días, se intensifica. Eso de que el tiempo todo lo cura son patrañas asquerosas. De hecho, más tiempo pasa, más bronca te da que no se te note por ningún lado, salvo en las arrugas poco felices de la cara y en los aumentos en la boleta del gas. La ausencia sigue ahí, instaladita, chocha y sin cara de mudarse pronto, como esos parientes lejanos que caen “de visita” y a la semana te abren la heladera a medianoche, en calzones.
Cuando algo te sobra, lo tirás, te deshacés de ello. El novio está pesado? Chau, lo hiciste ex. Al mueble ese que te rompe los meñiques de los pies cada vez que pasas, lo terminás sacando a la vereda o se lo encajás a alguien, con la excusa de que tenés poco espacio. Los papeles de la secundaria los quemás, el apéndice te lo sacás. Y cuando falta? Qué mierda hago si me falta?!
Y no es que me falte ahora. La verdadera cagada, la cagada mayor, la reina de las cagadas, es que tengo todo el resto de mi vida para que me siga faltando. Y no hay nada, nada en el universo, que vaya a llenar ese hueco.
Podría darme por las drogas, por las relaciones parásitas (no de nuevo, gritan mis cadáveres desde el placard. No se preocupen, ya no lo hago más, respondo), por dedicarme a comer chocolates hasta que necesiten instalar una puerta redonda para que mi pobre humanidad ruede hasta la vereda a ver un poco de sol, o por volverme La Loca de los Gatos y llenar mi casa con 42 felinos adorables (esta es la más tentadora). Pero sé que es BIEN al pedo.
La cagada es la sensación. Como dice Laura Brown sobre el final de The Hours;

“Obviously, you... feel unworthy. Gives you feelings of unworthiness. You survive and they don't.”

Dicen que la vida es un regalo. Yo no lo pedí, ninguno lo hizo, pero nos lo fumamos igual. Loco, la próxima, mínimo le dejan la etiqueta, a ver si consigo que me la cambien un poco, o me dejen canjear parte por un voucher de regalo para alguien más.

Las noches se volvieron mi mayor relación amor-odio. No me quiero ir a dormir. Nunca. Nunca más. Pero tarde o temprano tengo qué. Y sueño, y no controlo lo que sueño. Al principio eran puros horrores. Reproducciones HD de las peores cosas que me tocó ver, y de las que imaginé también. Y en un loop constante. Creí que así iba a ser toda mi vida, cada vez que cerrara los ojos. Por suerte no (igual no duró lo que diríamos poco, eh?). Pero dejó lugar a un nuevo tipo de horror. Cuando duermo, no pasó nada. No cambió nada. No perdí a nadie. Está ahí, charlamos, le cuento las cosas de ayer. Suena lindo, no? Sí, todo muy lindo, hasta que me despierto. Los primeros segundos de somnolencia son apenas dispersados por el ruido de la alarma, o por cualquier otra cosa. Porque sí, parece que las noches de dormir profundo se terminaron para mí. Después vuelve la conciencia, y no es que me acuerdo de lo que soñé… me acuerdo que la realidad no es el sueño. Me acuerdo que tengo que volver a esto. Camarero, otra ronda de sensaciones fantasmas para mí! Se ve que el saco de pena y huesos que soy merece otra dosis de lo mismo hoy, no sea cosa que se pueda levantar de la cama como un ser humano normal y tener un sólo día decente. Y así volvemos al ciclo: no quiero volver a dormir en mi puta vida.

Les hablé de la impotencia? No, no?
Cuando a uno no le paso nada grave (grave grave, choto en serio, no tu uña rota, gorda, ya te dije que no cuenta), va por la vida con una ligereza que no sabe que tiene. No digo que la vida sea fácil, porque la mía bien que no lo era antes. Pero se es como el pez, que vive nadando y no sabe qué es el agua. Hasta que le falta, obvio.
Como dice el pibe de la banda esta que de golpe se hizo re mainstream, Passenger;

“Well you only need the light when it's burning low
Only miss the sun when it starts to snow
Only know you love her when you let her go

Only know you've been high when you're feeling low
Only hate the road when you’re missin' home
Only know you love her when you let her go
And you let her go

Staring at the bottom of your glass
Hoping one day you'll make a dream last
But dreams come slow and they go so fast

You see her when you close your eyes
Maybe one day you'll understand why
Everything you touch surely dies”

Y sí, justito así. Salvo que la parte de dejar ir me sale como el culo. Detalles.
Pero yo hablaba de la impotencia. Esa sensación de que tiene que haber algo en el universo que hubieras podido hacer para que las cosas fueran diferentes.
Cuando me pongo lógica, me doy perfecta cuenta. De que no había lo qué, que diferente bien podía ser peor, que no tenía yo con qué ni lo iba a tener en mil vidas. A la hora de sentirse impotente, importa un cuerno todo eso. Te sentís miserable y punto. Querés magia o nada, y magia no hay.

Lo pasas como el culo. Pero me dirán que no se puede pasarlo como el culo todo el tiempo. Saben qué? Se puede. En todo caso, de a ratos, uno se olvida un poco de cuán como el culo está. Jamás como antes, obvio. Ya somos pez fuera del agua, y no hay con qué darle. Y eso te aleja de los demás. La risa ya es a medias, las boludeces no te causan como antes, la vida sabe vacía, los colores grises y otros clichés patéticos para decir lo mismo.
No digo que la gente (pongamos que existe el colectivo gente, por un rato, a fines prácticos) sea mal intencionada. Pero más tratan, más la embarran. Podría escribir un decálogo de fases de mierda que tratan de ser consuelo o ayuda, y por qué cada una es una palada más de bosta.  Aquí sólo un par de ejemplos.

- Está en un lugar mejor…
Que esto es una cagada ya lo noté, pero lugar mejor? Really? No podés pensar algo más enlatado, más prostituído que esa frase? Qué consuelo me va a dar a mí, que estoy sufiendo acá? Y si yo no creo en cielos o infiernos? Eh?? Su lugar era acá, con sus seres queridos. Lo demás es chamuyo, y sino, ya me enteraré, pero ahora me sirve de nada.

- Es el plan de Dios / ya habría cumplido su misión en la tierra
Esta es de las peores cagadas que me han dicho. Y me la repiten seguido, por si las dudas. Pongamos que creo en Dios de la manera judeocristiana tradicional. Si asumo que Dios es omnipotente y bueno, las desgracias como estas no existirían (ergo, no es la situación). Si es omnipotente y justo, es un hijo de puta. Me quedo con justo y bueno, y de omnipotente nada: él tampoco pudo hacer nada, y siente mi misma impotencia y bronca. De cualquier otra manera, Dios esta en mi contra y no conmigo y mi dolor. Y de hecho, si es su puto plan, me tendría que sentir culpable de estar triste. Ja! Alta joda. Dejá, no me consueles más. Gracias Kushner por hacerme ver por qué esto me jodía tanto.
- Ya no sufre…
Perdón! No sabía que tenía que sentirme una yegua porque mi pena sea egoísta y quiera que mis seres queridos vivan en agonía eternamente. Gracias, me quedo más tranquila ahora. Me voy a flagelar un rato y vuelvo. O no.

Concluyendo, cuando alguien sufre, mejor pensar bien qué vamos a decirle o aprendemos a callarnos la boca. Primero, porque al final sirve que hayan estado ahí, no lo que hayan dicho. Y segundo, es mejor armarse de paciencia antes que hacer sentir al otro que su “problemita” tiene “solución” y que mejor se la encontramos rápido para seguir con todo lo demás, que bien banal le va a resultar ahora, si te parás un poquitito a pensarlo. Y que encima es un boludo por sentirse mal.

Ya sé que estoy parafraseando a otra gente hace rato. A algunos tuve la decencia de citarlos. A otros los adapté a mi manera. Otra consecuencia poco difundida son las somatizaciones. Y a veces son menos obvias de lo que creemos.
Yo me siento sin voz. Es como que se me apagó algo, y no arranca. No es que esté muda. Hablo, a veces hasta canturreo bajito sin darme cuenta, o me despierta en la noche alguno de mis propios gritos. Pero no logro hablar con mi voz. No logro decir lo que quiero decir, con mis propias palabras. Es como uno de esos miedos que atenaza y paraliza.  Yo lo siento en la garganta, en el pecho, en el alma. Es el miedo a abrir la boca, y no poder parar, nunca más. A empezar a llorar, y que el resto de mi vida sea sólo llorar. Es la sensación de desborde total, y si abro la compuerta sólo un poquito, sale todo, incontrolable, feroz, a llevarse puesto todo de mí. Es una caja de Pandora que crece y duele, y que me aterra abrir. Psé, re poético. De poco me sirve.
Así que me robo voces ajenas. Cuando ya no puedo más, busco una canción, una poesía, una película que me haga llorar un poco. Y sí, acá hay varias de esas.
Creo que me voy a ver The Hours otra vez. Siempre funciona.
Les regalo una frase más, de la pluma de la propia Virginia Woolf, instantes después de decidir terminar con su vida.

“To look life in the face, always, to look life in the face and to know it for what it is. At last to know it, to love it for what it is, and then, to put it away.”

Así que supongo que es esto. Que la vida es esto, y antes, en mi ignorancia de pez, no lo sabía. Ojalá sean ignorantes todas sus vidas.
Y si no, no están solos.
No hagamos la de Virginia. Matarse es cobarde, y es esparcir esta sensación asquerosa como una enfermedad, contagiando a todos los que dejamos atrás.

Es esto. La vida es esto. Es lo que nos pasa entre medio de esto, es esos ratos en que nos olvidamos de esto. Es esa gente que pese a todo nos saca una sonrisa. Es la esperanza de que cada vez nos olvidemos de la ausencia (nunca del ausente) un rato más que el anterior, y algún día, los ratos lindos duren más que estos. Es valorar la vida por lo que es, aceptarla por lo que es, conocerla, afrontarla, y después… hacerla a un lado.

Ojalá la próxima amnesia, por el aniversario de ese día de mierda, me caiga mejor la próxima vez.


Y me acordé de este video, para que sufran conmigo.

Las arvejas sí son mágicas.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Nada sabe como los años de mi infancia en el campo, como las arvejas hervidas.
No esos horrores de lata que como ahora. No esas vainas de verdulería con cara de tristes y marchitas.
Las arvejas de verdad, son otra cosa.

Era pequeña, y el mundo era un paraíso plagado de maravillas y misterios. Y en ese mundo, mi mamá era la Sabia Hechicera. 
- Ma, por qué las mariposas se paran en las flores?
- Ma, de dónde vienen las libélulas?
- Ma, por qué se marchita el maíz y madura el choclo?
- Ma, por qué las gallinas duermen paradas?
- Ma, por qué saltan las liebres?
- Ma, por qué los pollitos salen de un huevo?
- Ma, por qué hay que lavar las verduras? Y las manos? Por qué me tengo que lavar las manos?
Mi mamá tenía todas las respuestas. Cocinaba, cosechaba, prendía el horno de barro, y me explicaba el mundo. Me enseñaba a pastorear a las gallinas, a respetar a las ranitas arborícolas, a no tenerle miedo a las abejas. A no caerme de la higuera cuando subíamos a por esos higos morados, y a bajar los más altos con un palito con un gancho de alambre en un extremo que le fabricamos. A devolver a los pichones chiquititos a sus nidos, a cortar sólo los tomates más rojos de las plantas. A salvar a las palomas encerradas en los invernaderos gigantes, a no cortarle los bigotes al gato, a no tocar las ortigas, a saludar a todo el mundo sin hacer diferencias.
La Hechicera me curaba cuando me raspaba, me quemaba o me lastimaba (cosa que sucedía bastante seguido), pero no me retaba cuando volvía cubierta de barro de pies a cabeza y con el pelo hecho un nudo. Recibía mis tortitas de tierra y flores como la ofrenda que eran, y ponía, muy tranquila, todo a lavar.
Me explicó por qué salía agua de la bomba esa del patio, la de la manija grande de hierro. Y por qué sonaban en mi pieza las gotitas de agua en las hojas de la parra. A buscar los huevos del gallinero, a cuidar a los patitos (sobretodo, de mis propias hermanas).
Una tarde, me enseño lo de las arvejas. Que en esas vainas feas, había maravillas escondidas. A pelarlas una por una, a poner las semillas gordas y verdes en un jarrito, y a hervirlas hasta que estuvieran más verdes aún. Eran lo más rico del mundo. Ir a la hilera a buscar las arvejas a su planta, eran la mejor búsqueda del tesoro que pudiera pedir. Y prepararlas, era como hacer una poción mágica.
Vivir en el campo marcó para siempre mi amor y respeto por todo lo animal y vegetal. Y también, por el resto del mundo.
Teníamos empleados en el campo, como todos. Y yo era muy chica para saberlo, pero no éramos como todos. Jugábamos con los hijos de los empleados todas las tardes. Así aprendí a saltar la soga, a jugar a la rayuela, a tallar calabazas, a juntar frutillas del campo del vecino. Mamá me explicó un día que "bolita" no era la bolita de jugar; era un insulto, y estaba muy mal decirlo así. Yo no entendía por qué otros chicos les decían palabras relacionadas con su ascendencia como si fueran un insulto, ni por qué no jugaban con nosotros. 
La hija de los empleados de otro campo, era sorda. Yo la invitaba a merendar, y jugábamos igual. Aprendí algo de lengua de señas de una tía de ella, que a veces oficiaba de traductora, y así, como podíamos, nos comunicábamos. Nunca se me ocurrió que en ese entonces, yo era su única amiga.
Yo creo que en ese campo me formé como persona, al menos en las cosas más importantes. 
Aprendí a distinguir aves, plantas, verduras, y personas. A separar los tomates por color, y a las personas, por calidad humana, que nada tenía que ver con todo lo demás.

No tengo receta para las arvejas. Y si la tuviera, no serviría de nada. Habría que ir al campo, cosecharlas con las propias manos, para que sepan igual.
Además, sin la magia que ponía mi Hechicera en el agua, no creo que salgan tan ricas.


Takoyakis planos y cenar sola

viernes, 12 de septiembre de 2014

Soledad tiene un día difícil.
No todos son así, está acostumbrada a vivir con ella misma. 
Por lo general, lo disfruta enormemente.
Hoy no es así.

Tiene sus días de andar en piyama, de no salir de casa, de tele, pochoclo y té.
Tiene sus días de una sola taza, un solo plato, y una cena de sartén.
Tiene días de triste procesión, y días de alegres paseos por el parque.
Días de estirarse en la cama, o de acurrucarse en un rincón.
Días de leer en el patio, y días de esconderse en un dibujo.
Hay días que cocina con placer, cual gurmaund.
Otros, son días de fideos recalentados y té.
Pero siempre hay otro día, bueno o malo.
La tormenta siempre pasa, y tarde o temprano, todo vuelve a su lugar.
O no.

Hace días que no.
Por qué, desde hace un tiempo, no disfruta su soledad?
Por qué finge la sonrisa cuando le preguntan si está bien?
y sobretodo, desde cuándo es así?
No quiere saber.
No lo quiere admitir.
Admitirlo es aceptarlo, aceptarlo es lidiar con ello.
Y no quiere, no quiere. 
Ella está bien así. No?
Ella es feliz así…
…No?

Hace mucho que no ansía la compañía de nadie. 
Disfruta sus ratos con amigos, por supuesto.
Pero cuando no, está bien igual.
No ansía la compañía de nadie.
No la ansiaba…
No?

Ahora piensa en él, y se odia.
Estaba tan bien antes, 
estaba tan bien no necesitar a nadie.

Se odia porque sabe que, en el fondo, es su culpa.
Sabe que, de algún modo, se lo buscó.
Ella sola lo miró distinto un día. No hubo provocación.
Fue el principio del fin. Ya no había vuelta atrás.
Para Soledad, no hay nada peor que el "y si…?"
La sensación de posibilidad no la deja dormir.
Y si...?

Sin darse cuenta, imagina planes y estrategias y sus posibles finales.
Sin darse cuenta, empieza a pensarle un lugar en su vida.
En algún momento, se da cuenta de que ya perdió.
Y si…?
Y sí. Ya es tarde.
Sin darse cuenta, pone la mesa para dos.


Takoyakis planos
(Receta adaptada para no necesitar la plancha especial para takoyakis).

Ingredientes
- 1 taza de harina leudante
- 1 huevo
- 30g de manteca
- 150 ml de leche
- una pizca de sal
- 1 o 2 cebollas de verdeo
- 200g de tentáculos de calamar

Lavar los tentáculos, limpiando bien las ventosas, y hervir por 5 minutos en agua con abundante sal.
Retirar y dejar enfriar.
Batir el huevo con la manteca derretida, e incorporar la leche. Agregar la sal, y si se quiere, una pizca de pimienta. A mí me gusta incorporar medio caldito knorr de crema y verdeo, pero no es necesario, sólo cuestión de gustos. Una vez unido, incorporar la harina y homogeneizar. Tiene que quedar una pasta firme, parecida a la de los panqueques americanos.
Ua vez fríos, picar pequeños los tentáculos, e incorporar a la mezcla, junto con las cebollas de verdeo lavadas y picadas.
Precalentar una plancha o sartén de teflon, y bajar el fuego cerca del mínimo. Verter de a una cucharada de la mezcla, hasta llenar los espacios libres de la sartén. En mi caso, entran de a 5 a 6 takoyakis, pero pueden hacerse más grandes o más chicos si se prefiere. Tienen que quedar infladitos y esponjosos.
Dorar de ambos lados, y servir con salsa Teriyaki* y sésamo. Acompañar con un rico té.

* Sala Terikayi
- 6 cdas gdes de salsa de soja
- 1 pizca de jengibre rallado
- 3 cdas de vinagre (si es de arroz, mejor. sino, de manzana)
- 2 cdas de azúcar negra o de miel
- 1 cdita de fécula de maíz
- opcional: 2 cdas de vino blanco seco
Mezclar la salsa de soja, jengibre, vinagre, azúcar y vino. Calentar durante 5 minutos, para disolver el azúcar. Espesar con la fécula (en Argentina se la conoce como Maizena, su ppal marca comercial), disolviéndola primero en un chorrito de agua fría.

Así se preparan, originalmente:

Blend para libros letales

La vida del lector es dura.
No, no hablo del precio de los libros, de la adicción al olor del libro nuevo, ni a las noches sin dormir por perderse leyendo.
Dicen que el que lee, vive muchas vidas. Pero sufre muchas muertes.
La sensación es terrible. Es como recibir una mala noticia, y no importa si terminó bien o mal. El problema es que se terminó.
Si la lectura es buena, uno lee como un poseso, impulsado hacia adelante todo el tiempo, ansiando más, saber más, ver qué pasa. Pero no se percata de que se propulsa hacia el final. No del libro en sí, sino de ese recorrido por ese mundo, que ya nunca va a ser igual.
La última página se aproxima amenazadora. Queda menos libro en la mano derecha. La última oración viene casi anunciada por ese espacio en blanco que viene después, pero se puede percibir, por el rabillo del ojo, mucho antes. Y ya está. Se da vuelta la última página, se disfruta por unos minutos el final, y de pronto, cae la verdad como una epifanía: se terminó. 
Me dirán que se soluciona volviendo a leer. El libro sigue ahí, en nuestras manos! Pero no, no es lo mismo. Conozco bien la sensación de llegar a la contratapa llorando, y ahí nomás, antes de secarme la cara, darle la vuelta y volver a empezar.  Pero ya no es lo mismo. 
Si antes se era parte de la historia, ahora se es un fantasma en un mundo que ya es ajeno. A veces, si pasan los años y uno empieza a olvidar, es posible recuperar en parte algo de esa lectura inicial. Si se tiene la maldición de la buena memoria, no hay esperanzas.
Lo más duro, es volver a la vida real. Vida real? Ese horror donde la heladera rechina, el perro viejo ronca, las palomas hacen ruido en el taparrollo de la ventana? Ese mundo de despertadores, paradas de colectivo y rutinas? Y lo que es aún peor, donde no hay dragones, elfos, magia? Terrible. Si terminé de leer de noche, me cuesta dormir del impacto nomás.
No es como cuando aún se está leyendo. En ese interín, se puede transitar por la vida de los mortales, pero la cabeza está en el otro mundo; se es un fantasma en este. Cada tarea cotidiana es un trámite que terminar para poder volver a la lectura. Ahora, es como si esos personajes amados hubieran muerto un poco, aunque el autor haya tenido la piedad de dejarlos vivir. Ya no caminan con nosotros al kiosko, no nos acompañan en el colectivo.
Es terrible terminar un buen libro. Ni hablar si es el último de una saga. O lo último que nos queda por leer de un autor amado. Un buen libro puede ser letal.
Sólo nos queda una pregunta. Y ahora, qué leo?




Blend para leer de noche

Cuando siento que se aproxima el final de un buen libro, me preparo un buen té, me acomodo bien en la cama, y me rodeo de tantos gatos como pueda. Si además hay chocolate, mejor.
Ojalá este blend los ayude con sus lecturas letales.

Para una tetera grande:
- 2 cditas de té negro en hebras
- 2-3 cápsulas de cardamomo
- 1/2 cdita de anís (semillas)
- 2 o 3 semillas de pimienta negra, enteras
- una pizca de gengibre rallado
- un trocito de canela en rama
- 3-4 gotas de esencia de vainilla

Colocar las hebras y semillas en un infusor o colador fino, y reposar 4 minutos en agua a punto de ebullición. Una vez retirado, agregar a la tetera las gotas de esencia de vainilla.

Serendipia

Descubrimiento o hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando, en realidad, se buscaba otra cosa.

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